¡Buen viaje, Indio!

Entre filas kilométricas, canciones y abrazos, la despedida del Indio Solari dimensionó la energía colectiva que produce su legado artístico, filosófico y cultural
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La muerte del Indio Solari cerró una de las trayectorias más singulares de la cultura argentina contemporánea. Pero la verdadera dimensión de su figura no se vio en los comunicados oficiales, ni en los homenajes de músicos y dirigentes políticos. Se vio en las calles.

Durante horas, miles de personas caminaron bajo la lluvia, hicieron vigilia, compartieron canciones, abrazos y recuerdos para participar de una despedida que rápidamente dejó de parecerse a un velorio tradicional. Las filas para ingresar al homenaje público se extendieron durante kilómetros y transformaron la despedida en una de las movilizaciones culturales más grandes de los últimos años.

Carlos Alberto Solari murió a los 77 años, luego de una larga convivencia con el Parkinson y de varios años alejado de los escenarios. Con él desaparece una de las voces más influyentes del rock argentino, fundador de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y posteriormente líder de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

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Sin embargo, la magnitud de la despedida volvió a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa a varias generaciones: ¿qué era exactamente el Indio?

Porque el fenómeno nunca fue solamente musical. Los Redondos construyeron una identidad colectiva basada en la autogestión, la independencia de los grandes medios y una relación casi artesanal con su público. Durante décadas, mientras la industria cultural se reorganizaba alrededor de la televisión, las discográficas y luego las plataformas digitales, el universo ricotero siguió funcionando como una comunidad con códigos propios.

Esa comunidad volvió a hacerse visible estos días. Entre las banderas, los cánticos y las largas caminatas aparecieron personas de distintas edades, procedencias e historias personales. Muchos jamás habían compartido un recital con el Indio. Otros lo habían seguido durante décadas por rutas, estadios y ciudades del interior. Lo que los reunía era algo más difícil de definir: una memoria común.

Quizás por eso la palabra que más se repitió durante las jornadas de despedida fue "misa". No en sentido religioso, sino cultural. La idea de pertenecer a una experiencia compartida que sobrevivió a los cambios tecnológicos, a las transformaciones políticas y a la fragmentación de las audiencias.

La muerte del Indio también parece marcar el final de una época del rock argentino. La generación de artistas que logró construir relatos colectivos antes de internet, antes de los algoritmos y antes de las redes sociales empieza a convertirse definitivamente en patrimonio cultural. Su legado ya no se mide solamente en discos o canciones, sino en la capacidad de haber creado formas de encuentro.

En tiempos donde gran parte de la vida pública parece organizada alrededor de la polarización permanente, la velocidad informativa y el consumo individualizado, la despedida del Indio mostró otra escena posible: personas desconocidas cantando juntas durante horas para despedir a alguien que, para muchos, era mucho más que un músico.

Quizás allí resida la verdadera dimensión del fenómeno. El Indio Solari no fue únicamente una figura central del rock nacional. Fue uno de los últimos artistas argentinos capaces de producir una identidad colectiva duradera. Y la multitud que salió a despedirlo pareció decir, entre canciones y lágrimas, que algunas formas de comunidad todavía siguen vivas.

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