El silencio de Milei ante la campaña global contra Argentina genera un creciente malestar en la política y la sociedad

El presidente y su canciller, Pablo Quirno, no han emitido pronunciamiento oficial alguno mientras una ola de críticas de celebridades, políticos y figuras internacionales acusa al país de racismo y xenofobia, en medio de la euforia y la posterior decepción por el Mundial 2026.
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La administración de Javier Milei enfrenta un creciente cuestionamiento por su silencio ante lo que se ha descrito como la campaña de desprestigio más virulenta contra la Argentina en la era de internet. Mientras el mundo del espectáculo y la política global se sumaban a una ola de críticas que acusaban a los argentinos de racismo y promovían el odio contra el país, ni el Presidente ni su canciller, Pablo Quirno, salieron a defender a la nación.

La controversia escaló a medida que la Selección Argentina avanzaba hacia la final del Mundial 2026, transformando las críticas deportivas en ataques directos contra la identidad del pueblo argentino. Figuras de renombre mundial como el actor Samuel L. Jackson compartieron un mensaje en el que afirmaba que Argentina es "históricamente uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista". Jackson, nacido en 1948, cuando la segregación racial era legal en Estados Unidos, recibió una andanada de respuestas de argentinos que le recordaron la historia de su propio país. La exlegisladora porteña Rebeca Fleitas lo calificó de "ignorante y mentiroso" y le exigió que analice la historia de Estados Unidos antes de culpar a Argentina.

La cantante española Rosalía también se sumó a la polémica al festejar un posteo despectivo sobre los argentinos. La reacción del público fue inmediata: miles de fanáticos comenzaron a devolver las entradas para sus cuatro shows en el Movistar Arena de Buenos Aires. El irlandés Niall Horan, ex One Direction, se vio envuelto en la controversia tras dar "me gusta" a una publicación que sostenía que "las Malvinas son españolas". Ante la presión, el músico pidió disculpas, argumentando que fue "un error honesto" y que siente "un gran cariño por Argentina".

Pero la campaña no se limitó a celebridades. El exministro griego Yanis Varoufakis celebró la "maravillosa cohesión multicultural de España", el actor español Javier Bardem vinculó su apoyo a España con el respaldo de Milei a Netanyahu, y la congresista estadounidense Jasmine Crockett afirmó que "hay una historia racista detrás" del apoyo a España.

A pesar de la magnitud de los ataques, desde la Casa Rosada no hubo respuesta. El silencio de Milei y Quirno ha sido interpretado por diversos sectores como una muestra de sumisión ideológica o, peor aún, como una contradicción insalvable. La paradoja es evidente: los protagonistas de la campaña son los mismos sectores que Milei ha identificado como sus principales adversarios ideológicos —la progresía internacional, el "wokismo" de Hollywood y la izquierda global— pero al momento de enfrentarlos, el Gobierno optó por el silencio.

Esta falta de reacción se enmarca en un contexto de repetidos traspiés del oficialismo con los símbolos patrios. Antes de la semifinal, el Gobierno intentó desalentar la exhibición de la bandera con el reclamo de soberanía sobre las Malvinas. Cuando los jugadores la desplegaron igual, desde el oficialismo los trataron de "imprudentes" y luego, ante el masivo apoyo popular, debieron retroceder. El lunes, el canciller Quirno intentó recomponer el camino y calificó la exhibición de la bandera como un "megáfono" que amplifica el reclamo argentino. Sin embargo, sus intervenciones han sido percibidas como titubeantes y a destiempo.

El dirigente político Guillermo Moreno sintetizó el dilema del Gobierno: la campaña británica contra Argentina "pone en un brete al gobierno porque surgió el nacionalismo que llevamos adentro. Este es un globalizador, un presidente que dijo que su héroe es Margaret Thatcher y Espert diciendo que Malvinas son de los ingleses". Las declaraciones de Milei elogiando a la exprimera ministra británica, responsable política de la guerra de Malvinas, han generado un profundo malestar en sectores nacionales y lo colocan en una posición incómoda para defender la soberanía del país.

El malestar crece no solo en la oposición, sino también en las bases del oficialismo y en la sociedad civil, que esperaban una defensa de la reputación del país. Mientras el Gobierno permanece en silencio, son los propios ciudadanos y figuras de la cultura los que han salido a cubrir el vacío de representación estatal. La pregunta que resuena en el debate público es si el presidente, que ha hecho de la batalla cultural uno de sus estandartes, será capaz de defender a su propio país cuando es atacado desde el frente que él mismo dice combatir.

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