
El poder de imaginar

El ataque sistemático que sufre hoy la cultura argentina parte de una lógica perversa: presentarla como un lujo prescindible y un gasto superfluo. Esta embestida gubernamental no es una simple cuestión de números, sino un plan de disciplinamiento social. Desmantelar la presencia pública en el terreno cultural busca quebrar nuestra identidad común y convertirnos en una masa de espectadores aislados de relatos que otros diseñan.
La embestida de este gobierno neoliberal deja al descubierto que desmantelar las instituciones simbólicas y precarizar sus lazos no ahorra nada: mutila el ser común. Porque la cultura es en parte la materia tangible en la que se encarna el trabajo humano; es el taller, la imprenta, la madera del escenario y el murmullo de una biblioteca comunitaria en los confines del mapa. No hay dignidad posible sin el derecho a la imaginación y a la propia voz. Un país que renuncia a producir sus propias representaciones renuncia, en el mismo acto, a la posibilidad de concebirse soberano.
Atravesamos un punto de inflexión en la historia del mundo, un cambio de paradigma. El avance vertiginoso de una maquinaria técnica global no se limita a reorganizar la economía: interviene sobre el tiempo, desdibuja los vínculos y reconfigura la subjetividad misma. Frente al vértigo de una época que disuelve los vínculos y condena a la soledad, la cultura sigue siendo el fuego rebelde donde un pueblo se reconoce. Es memoria viva contra la tentación del olvido; es el ejercicio ético de la solidaridad frente a la intemperie individualista; es la afirmación de que no todo lo que tiene valor posee un precio de mercado.
Pensar el futuro exige entender el presente sin ingenuidad. El desafío es cómo cuidamos nuestra identidad frente a los nuevos dueños del sentido. ¿Cómo defender lo nuestro ante corporaciones que colonizan nuestro tiempo y convierten la memoria colectiva en datos algorítmicos? No es libre un pueblo que deja su imaginación en manos de intereses ajenos.
La cultura es memoria viva e imaginación creadora: es el territorio donde una comunidad decide quién quiere ser. En tiempos de pantallas frías y distancias impuestas, la cultura nos devuelve la capacidad de encontrarnos, de amarnos y de volver a ser plenamente humanos. El desafío no es la queja aislada, sino la audacia de repensarnos colectivamente para fundar un futuro propio.



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