
El desafío de crear utopías en un presente distópico

En un presente violento y hostil, diseñado para disciplinarnos a través de la angustia diaria y los algoritmos, la necesidad de crear utopías se vuelve una urgencia impostergable. La distopía que intentan imponernos es un dispositivo de dominación cuyo único propósito es convencernos de que no hay alternativa posible y de que solo queda resignarse ante el despojo humano. Para romper ese encierro, es necesario dar dos batallas fundamentales que definen nuestra soberanía: la disputa por el tiempo y la disputa por el territorio.
Los dispositivos de poder invaden nuestro tiempo reflexivo imponiendo el vértigo de una urgencia sistemática, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en el escroleo constante. Nos empujan a vivir con el pulso acelerado, con ansiedad, corriendo detrás de incendios cotidianos y atrapados en peleas sordas que le dan la espalda al pueblo, donde la discusión política queda reducida a disputas de egos estériles que nos despojan de la voz colectiva. Hay una viñeta magistral de Quino que lo sintetiza con lucidez implacable: Mafalda se detiene ante dos obreros que abren la vereda con un pico y les pregunta si están buscando “las raíces de lo nacional”. El trabajador, lleno de tierra desde el fondo del pozo, le responde: “No, nena, un escape de gas”. Y ella sentencia: “Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante”. Ese “escape de gas” continuo es la trampa con la que buscan impedir que vayamos al hueso.
Es urgente afilar la mirada colectiva: arrancarle un rato a la maquinaria para frenar la pelota, reflexionar y volver a distinguir entre el parche coyuntural y las razones de fondo. Frente al cortoplacismo, la angustia y la frustración, hace falta más pensamiento crítico, calle y acción. Ese tiempo recuperado sólo cobra sentido cuando se materializa en los espacios que habitamos. El suelo que pisamos no se vende ni se entrega: es memoria viva y trinchera. Habitarlo es volver a copar la calle, quebrar el individualismo y transformar la raíz en rebeldía y lucha organizada. Es plantar bandera sobre lo que nos pertenece.
Por eso, el saqueo material del país siempre va de la mano del vaciamiento simbólico. El fallo judicial que pretende reactivar la derogación de la Ley de Tierras a través del DNU 70/2023 es una orden de remate contra la patria, no un debate técnico de tribunales. Significa ponerle precio a nuestras cuencas de agua dulce, a nuestros glaciares, a las zonas de frontera y al suelo productivo para entregárselos al capital extranjero sin límites ni controles.
Y acá radica el nudo que desde el campo de la cultura debemos asumir con absoluta claridad: la cultura también es un territorio. Despojarnos de la tierra y desarticular la cultura forman parte de la misma arquitectura de entrega. Una comunidad que pierde sus raíces queda reducida a un manojo de individuos aislados, desarmados frente al saqueo y atrapados en una identidad algorítmica.
El gesto de deslizar el pulgar por la pantalla no es inocente: fue diseñado en laboratorios de conducta para atraparnos. Ese movimiento del dedo activa en el cerebro el mismo resorte que una máquina tragamonedas: la ilusión constante de una recompensa que nunca llega, disciplinando el cuerpo para mantenerlo quieto frente a un vidrio. Reducirnos a lo que consumimos en una pantalla es la victoria del dispositivo, nos fragmenta en perfiles predecibles para el algoritmo y clausura lo más peligroso para el poder, que es la capacidad de mirarnos a los ojos y reconocernos con el otro.
Reconstruir el tejido social y defender nuestra identidad es una tarea simultáneamente territorial y cultural: no hay soberanía posible si no somos nosotros los dueños de crear y contar nuestras propias historias. La maquinaria busca adueñarse de los relatos para narrarnos desde afuera, para convencernos de que nuestra historia es una condena al fracaso y que la entrega es modernización.
Frente a ese libreto ajeno, la identidad se defiende en la memoria y se hace carne en los símbolos compartidos. Esa fue la fibra colectiva que se encendió cuando nuestra selección argentina, en aquel partido inolvidable contra Inglaterra, desplegó sobre el césped la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. A todo el pueblo argentino se le infló el pecho y se le llenó de orgullo el corazón. El gesto deportivo se transformó en una declaración de principios frente a los ojos del mundo. Y esa dignidad compartida trascendió la cancha y se derramó en las calles y se transformó en fuerza popular cuando el Senado de la Nación tuvo que rechazar el DNU 70/2023, empujado por un maremoto de amor por la patria: un pueblo de pie que le dijo NO a la entrega.
Necesitamos volver a la calle. La calle no tiene algoritmo, es el lugar donde los cuerpos se encuentran, la soledad se quiebra y el pueblo recupera su condición de protagonista. Hoy, la Cámara de Diputados tiene la obligación política e institucional de rechazar este decreto infame, pero la única garantía real va a ser la presión popular organizada haciendo sentir su peso en el recinto.
Crear utopías en un presente distópico es poner en marcha el poder de imaginar para transformar la realidad. Es el derecho de un pueblo a adueñarse de su tiempo, a narrar su propia historia, a ganar la calle y a plantarse con la certeza histórica e innegociable de que la patria no se vende. Se defiende.




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