
Luego del Día Internacional de las Mujeres en la Ingeniería, la igualdad sigue siendo una deuda pendiente

Nos conocimos estudiando ingeniería, compartimos apuntes, parciales, finales, trasnoches y recibimos el diploma el mismo día. Hoy, a dos días del Día Internacional de las Mujeres en la Ingeniería, elegimos escribir juntas, porque la historia que queremos contar no es individual. Es colectiva.
La fecha nació de la mano de la Women’s Engineering Society del Reino Unido y se instaló en el calendario internacional en 2014, con el objetivo de visibilizar el aporte de las mujeres a una profesión que todavía suele pensarse en masculino. En Argentina tenemos una pionera propia: Elisa Bachofen, que en 1918 se convirtió en la primera ingeniera civil del país y de toda Sudamérica.
Lo notable —y lo doloroso— es que para entonces ya habían pasado casi cinco décadas desde que se recibiera el primer ingeniero argentino. Hay un detalle que lo dice todo: su diploma decía “ingeniero”, porque la palabra “ingeniera” todavía no existía oficialmente. Recién en 1929, cuando la Real Academia Española incorporó el término femenino, Elisa pudo efectivizar su título con la denominación que le correspondía. Tardó once años en poder nombrar, en un papel, lo que ya era.
Más de un siglo después, la puerta está abierta. Pero el pasillo sigue siendo angosto.

Los números lo dicen sin vueltas. En el sistema universitario argentino, las mujeres representaron en 2024 cerca del 29,7% de quienes ingresaron a las carreras de ingeniería y el 27,4% de quienes se graduaron, según datos difundidos por la Facultad de Ingeniería de la UBA. El CONFEDI, que reúne a las y los decanos de ingeniería del país, ubica la matrícula femenina en torno al 24% y suma un dato que incomoda: de las 120 facultades de ingeniería que hay en Argentina, apenas 19 están conducidas por mujeres.
Hay además una geografía interna de la desigualdad. En las ingenierías ligadas a la química —Alimentos, Ambiental y Recursos Naturales— las mujeres somos mayoría, con porcentajes que trepan al 60% y 70%. En cambio, en las ramas eléctrica, electromecánica, electrónica y mecánica, la presencia femenina cae al 6% u 8%.
No es casualidad ni una cuestión de “vocación natural”: es el mapa de los estereotipos, dibujado desde la infancia, sobre qué se supone que podemos y qué no. Esa comodidad relativa no debería existir; ninguna disciplina debería tener género.
A ese fenómeno se lo conoce como “efecto Matilda”: la tendencia histórica a invisibilizar los aportes de las mujeres a la ciencia y la tecnología, atribuirlos a colegas varones o, directamente, no nombrarlos.
Cuando una nena no ve ingenieras, le cuesta imaginarse ingeniera. Y lo que no se imagina, difícilmente se elige.
Y la desigualdad no terminó cuando nos recibimos: nos sigue al trabajo. Aún con el título en la mano, las mujeres profesionales ganan en promedio un 39% menos que nuestros colegas varones, según el relevamiento 2025 de la Confederación General de Profesionales, y eso a pesar de que somos mayoría en las universidades y en los posgrados.
El mismo informe muestra que apenas una de cada tres profesionales ocupa un cargo de jefatura, dirección o conducción. La brecha, además, se ensancha a medida que se asciende: en los puestos de mayor responsabilidad supera el 28%. En el conjunto del mercado laboral argentino, la diferencia de ingresos rondó el 29,6% a fines de 2025, la más alta en años. No alcanza, entonces, con entrar al aula: el techo de cristal sigue ahí, y se paga caro.
Por eso insistimos con una idea que nos ordena: no queremos ser únicas, queremos ser una de muchas. No nos interesa la figura de la “primera”, la “rara”, la excepción que confirma la regla y se exhibe como prueba de que el sistema funciona. No queremos ser la anécdota de la mujer que pudo. Queremos ser tantas que la pregunta deje de tener sentido.

La igualdad no se mide en heroínas aisladas: se mide en presencia masiva, cotidiana y naturalizada, en cada aula, cada obra, cada laboratorio y cada lugar donde se toman decisiones.
Tuvimos el acompañamiento de nuestras familias y sabemos lo determinante que fue para llegar hasta acá. Pero eso no debería ser un privilegio: acceder, sostener y terminar una carrera universitaria tiene que ser un derecho garantizado para todas las personas, y no una lotería de redes de contención.
Nos toca ejercer en un tiempo complejo, atravesado por desigualdades, crisis ambiental y recortes que suelen golpear, primero, aquello que más costó conquistar. No se trata solo de “llegar lejos” en términos individuales, sino de construir caminos que otras y otros también puedan transitar. Romper techos de cristal tiene sentido si, al hacerlo, dejamos la escalera puesta para quienes vienen detrás.
A las pibas que están terminando la secundaria y dudan si esto es para ellas: es para ustedes. A las que ya cursan y a veces se sienten solas en el aula: no están solas, y son parte de algo mucho más grande. Y a las instituciones, a las empresas y al Estado: la equidad no llega sola. Se construye con políticas, presupuesto y decisión.
Necesitamos ingenieras e ingenieros que piensen soluciones y que, al mismo tiempo, escuchen, se involucren y trabajen a diario para que nadie quede afuera. Porque no hay desarrollo sostenible si no es también con justicia social e igualdad de derechos.




Cada vez discutimos más soberanía: la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada desregula el territorio

La inflación en la Ciudad de Buenos Aires se aceleró al 2,9% en julio y acumula 33,2% interanual

Alarma en Boca: el Milan tiene una oferta lista para comprar a Leandro Paredes



