
Alvar Torres: “La Argentina no está rota, está desactualizada”
Redacción ARG360En un contexto donde la incertidumbre dejó de ser excepción para convertirse en regla, la pregunta ya no es qué va a pasar, sino cómo nos preparamos para lo que viene. En El Método Ututo, Alvar Torres propone correrse de los diagnósticos cerrados y ensayar otra lógica: aprender haciendo, equivocarse rápido y volver a intentar.
Desde su infancia en Tucumán —marcada por la curiosidad de “meter mano”— hasta su recorrido por grandes compañías tecnológicas, Torres construye una mirada que cruza experiencia personal, transformación digital y una pregunta de fondo: cómo actualizar la Argentina para que esté a la altura de su propio potencial. En esta entrevista, reflexiona sobre inteligencia artificial, educación, trabajo y los desafíos de pensar un proyecto colectivo en tiempos de cambio acelerado.
/ENTREVISTA/
>El libro se titula El Método Ututo. ¿Qué significa “ututo” y por qué elegiste esa palabra como síntesis del libro?
En el norte argentino se usan muchas palabras de origen quechua, en parte por la influencia del Imperio Inca en la región. “Ututo”, literalmente, es una lagartija, pero en el uso cotidiano se convirtió en una forma de describir a alguien inquieto, que toca todo, que no puede quedarse quieto frente a lo que no entiende. Con el tiempo, ese sentido se amplió: empezó a nombrar a las personas curiosas, las que necesitan saber cómo funcionan las cosas. Ese es el espíritu que quise capturar en el título.
>En varios pasajes aparece tu infancia en Tucumán. ¿Qué lugar tuvo esa curiosidad de “meter mano” en tu forma de aprender y de pensar el mundo?
En esa época no había internet, ni Wikipedia, y mucho menos redes sociales. Tampoco existía la palabra “nerd” como la entendemos hoy, pero mi cabeza necesitaba estar todo el tiempo estimulada. Era de esos chicos que querían saber qué ingredientes tenía la mayonesa o una gaseosa, leía todo lo que encontraba y desarmaba cualquier cosa que tuviera a mano. Viéndolo en retrospectiva, no debe haber sido fácil para mis viejos. Por suerte, mi abuelo tenía una biblioteca enorme en su antiguo consultorio, y yo pasaba horas ahí, leyendo de todo. Ese fue, en gran medida, mi primer laboratorio.
>¿En qué momento esa forma intuitiva de aprender —probar, romper, volver a intentar— se convirtió en algo más cercano a un “método”?
No sé exactamente cuándo se convirtió en un método, pero sí recuerdo un momento en el que empecé a verlo con claridad. Trabajando como arquitecto de soluciones en AWS, empecé a notar un patrón que se repetía: los clientes llegaban con problemas que, en teoría, nadie podía resolver. Yo empezaba a hacer preguntas, a desarmar el problema con ellos, y al final de la reunión eran ellos mismos quienes encontraban la solución. Se iban agradecidos, pero la realidad es que la respuesta siempre había estado ahí. Mi rol era ayudar a ordenar el pensamiento, a hacer las preguntas correctas. Ahí entendí que “meter mano” no era solo probar por intuición, sino también saber cómo guiar un proceso para que aparezcan las respuestas.
>En un momento decidís emigrar. ¿Qué estabas buscando afuera que sentías no encontrabas en la Argentina de ese momento?
Me fui del país en el año 2000, en un contexto que, en muchos aspectos, se parece al que estamos viviendo hoy: un ajuste muy fuerte, una reconversión de la matriz productiva sin una red de contención para quienes más lo necesitaban. Mi familia era de clase media baja (por momentos, muy baja), y crecí en una realidad donde muchos días comíamos arroz con arroz. En ese momento sentí que, si me quedaba, probablemente iba a pasar toda mi vida dentro de ese mismo esquema, y aunque me hubiera encantado encontrar oportunidades en mi propio país, no las veía. Emigrar fue una decisión difícil, pero necesaria. El costo fue alto: el precio de esas oportunidades fue, entre otras cosas, no haber podido estar presente en momentos importantes, como la despedida de mis abuelos.
>¿Qué aprendizajes te dejó esa experiencia internacional, no solo en lo profesional sino en la forma de ver el país?
Con el tiempo empecé a notar algo que me llamó mucho la atención: muchas de las cosas que los países desarrollados hacen para crecer son distintas, e incluso opuestas, a las recetas que suelen proponerse para países en vías de desarrollo. Ellos aplican modelos que les permiten consolidarse, mientras que a nosotros muchas veces se nos empuja a esquemas que nos dejan en un estado permanente de transición. Ahí, como buen tucumano, empecé a “tucumanear”: a observar qué cosas funcionan en esos contextos y pensar cómo adaptarlas a nuestra realidad, teniendo en cuenta nuestras propias condiciones y limitaciones.
>Desde tu experiencia laboral en grandes empresas tecnológicas, ¿cómo estás viendo el impacto actual de la inteligencia artificial?
Si alguien te dice que sabe exactamente qué va a pasar con la inteligencia artificial, probablemente esté exagerando. Lo que sí es evidente es que estamos frente a un cambio profundo, y como todo cambio de esta magnitud, genera inestabilidad. Hoy hay un impulso muy fuerte hacia la automatización, lo que mejora la eficiencia pero también pone en riesgo muchos puestos de trabajo. Incluso hay estudios, como uno reciente de investigadores de la Universidad de Pennsylvania y Boston, que muestran una paradoja: a corto plazo las empresas producen más con menos costos, pero a largo plazo, si las personas pierden su capacidad de consumo, el propio sistema económico empieza a tensionarse. El problema es que ninguna empresa puede frenar por sí sola, porque perdería competitividad frente a otras que sí avanzan. La discusión ya no es solo tecnológica, es profundamente política. Porque si no definimos reglas claras, el mercado va a optimizar eficiencia aunque eso deje gente afuera. Y ahí es donde el Estado tiene que dejar de mirar desde afuera y empezar a ordenar el juego.
>Frente a tantos discursos extremos, ¿la IA es una amenaza para el trabajo o una oportunidad? ¿Dónde creés que está el equilibrio?
En momentos de cambio tan profundos, es natural que las personas quieran sentir que tienen el control, pero la realidad es que lo único que podemos gestionar es nuestro esfuerzo y nuestra forma de adaptarnos. Más que pensar la inteligencia artificial como una amenaza o una oportunidad en abstracto, creo que el diferencial va a estar en la capacidad de ser ágiles, de aprender rápido y de entender que nadie se salva solo. Si trabajás en una fábrica y esa fábrica se robotiza, el desafío no es resistirse, sino estar preparado para aprender a operar, reparar o incluso programar esos sistemas. Pero además, hay algo igual de importante: compartir lo que uno aprende. En este contexto, la comunidad deja de ser un complemento y pasa a ser una herramienta clave para adaptarse mejor.
>¿Qué habilidades humanas creés que se vuelven más valiosas en este nuevo escenario tecnológico?
Más que desaparecer, muchas habilidades humanas se vuelven todavía más valiosas. La inteligencia artificial es muy eficiente procesando grandes volúmenes de datos y tomando decisiones binarias, pero cuando entran en juego los matices, las emociones o la creatividad, ahí todavía tiene limitaciones. Y ese es justamente el terreno donde los humanos podemos marcar la diferencia. Para mí, el futuro es el de un “humano aumentado”, que usa la IA para potenciar sus capacidades: la máquina se ocupa de las tareas repetitivas y nosotros de lo que requiere criterio, sensibilidad y contexto. Incluso creo que vamos hacia un escenario donde el servicio automatizado va a ser casi gratuito, y el verdadero valor diferencial, lo premium, va a estar en la intervención humana, personalizada.
>En el libro planteás que la tecnología puede ser una herramienta para mejorar cómo funciona un país. ¿Cómo imaginás una Argentina que aproveche mejor ese potencial?
Como decíamos antes, hay cosas que la tecnología hace mejor que los humanos, y una de ellas es la idempotencia: la capacidad de obtener siempre el mismo resultado ante una misma operación. En tecnología, uno más uno siempre es dos; en política, en cambio, muchas veces predomina la desconfianza. En ese sentido, herramientas tecnológicas podrían ayudar a mejorar la transparencia. Por ejemplo, sistemas accesibles para que cualquier ciudadano pueda ver con claridad cómo se utilizan los recursos públicos, incluso apoyados en tecnologías como blockchain para garantizar que la información no sea alterada. Argentina no tiene un problema de falta de tecnología, tiene un problema de falta de decisión para usarla bien. Porque cuando no hay datos confiables, no es un problema técnico, es un problema de poder.
>¿Dónde ves hoy las principales fallas de “sistema” en la gestión del país que la tecnología podría ayudar a resolver?
Si te despertás a las tres de la mañana con fiebre y encontrás dos termómetros (uno que siempre marca lo mismo y otro que te dice la verdad), sabés perfectamente cuál usar. El problema no es que falte información, es que muchas veces la información se usa para construir relato en lugar de construir soluciones. Y sin datos confiables, no hay política pública que funcione. Cuando las estadísticas públicas pierden credibilidad, lo que se resiente no es solo la medición, sino la confianza en todo el sistema. Por eso, antes de pensar en soluciones complejas, hay algo más básico: construir datos confiables, consistentes y accesibles. Sin eso, cualquier intento de modernización queda apoyado sobre una base inestable.
>Hablás de “10 miradas para reiniciarnos”. ¿Por qué creés que hoy la palabra clave es reinventarse?
Veo a la Argentina como una computadora muy potente, con recursos naturales, talento y una enorme capacidad de resiliencia, basta ver lo que pasa cuando hay una crisis o un desastre, pero funcionando con un sistema operativo viejo. En el día a día pareciera que nos olvidamos de esa capacidad colectiva, y el problema no pasa por una ideología en particular, sino por un sistema que muchas veces no incentiva lo mejor de nosotros. Como dice el Indio Solari, se juega al “primero yo, después también yo”, y eso termina cerrando el juego para la mayoría. Por eso hablo de reinvención: no como una idea abstracta, sino como la necesidad concreta de hacer un reset, de actualizar ese sistema para que esté a la altura del potencial que ya tenemos como país.
>¿Ese proceso de reinvención es solo individual o también colectivo? ¿Qué implica en cada caso?
Creo que es, sobre todo, un proceso colectivo. Implica dejar de negarnos los problemas y animarnos a corregir lo que no funciona, pero también promover una actitud superadora, que vaya más allá del interés individual. Muchas veces idealizamos a nuestros próceres, pero si miramos sus trayectorias, vemos personas que tomaron decisiones difíciles, incluso a costa de su propio bienestar, con una fuerte convicción de largo plazo. Tal vez el desafío sea ese: bajar esas ideas del bronce y empezar a construir una lógica donde los mejores puedan hacer lo mejor que saben hacer. Si lo pensamos en términos futboleros, nadie armaría un equipo competitivo dejando afuera a sus mejores jugadores por afinidad personal. Sin embargo, en otros ámbitos, eso todavía pasa. Y ahí es donde tenemos un margen enorme para mejorar.
>Si tuvieras que señalar un cambio urgente en la política argentina, ¿cuál sería y por qué?
Hoy la política muchas veces está desconectada del propósito que dice tener. No es un problema de falta de ideas, es un problema de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Y esa brecha es la que termina erosionando la confianza. Reducir esa brecha, volver a alinear la acción política con ese propósito fundacional, es para mí uno de los desafíos más importantes.
>En términos económicos y productivos, ¿qué creés que Argentina está desaprovechando hoy?
Argentina tiene todo para competir en el mundo, pero sigue jugando un partido local. Y mientras no entendamos qué valoramos hacia afuera, vamos a seguir vendiendo barato lo que otros venden caro. Tenemos una red de embajadas en más de 80 países que podría funcionar no solo como canal de promoción, sino también como un sistema de inteligencia para detectar oportunidades concretas. Por ejemplo, hay mercados como China o Japón que demandan miel orgánica certificada; Argentina la produce, pero muchas veces no cuenta con los procesos de certificación necesarios, lo que nos obliga a venderla como un producto estándar, perdiendo valor. Lo mismo ocurre con otros sectores donde tenemos ventajas claras, como alimentos o vinos. Más allá de los recursos, el desafío es estratégico: orientar mejor los esfuerzos hacia el desarrollo productivo y generar condiciones para aprovechar esas oportunidades de manera sostenida.
>Pensando en educación y futuro del trabajo, ¿qué transformación es clave para no quedar afuera del mundo que viene?
El sistema educativo sigue preparando para un mundo que ya no existe. Y si no lo actualizamos, no es solo un problema educativo, es un problema productivo y social. En ese contexto, el rol del docente también cambia: ya no es solo quien transmite información, porque esa información hoy está disponible, sino quien guía, orienta y ayuda a interpretar. Donde realmente puede marcar la diferencia es en enseñar a pensar, a distinguir entre datos confiables y ruido. Al mismo tiempo, es clave jerarquizar la tarea docente: mejorar sus condiciones, reconocer su rol central y reconstruir el vínculo de respeto con la comunidad educativa. Sin ese equilibrio, es muy difícil preparar a las nuevas generaciones para el mundo que viene.
>Argentina tiene recursos naturales estratégicos. ¿Cómo deberían gestionarse para generar un desarrollo real y sostenido?
Creo que Argentina se debe un debate serio sobre cómo aprovechar sus recursos estratégicos. Casos como el de Noruega muestran que es posible transformar ingresos provenientes de recursos naturales en una base de desarrollo a largo plazo, a través de fondos que invierten con una lógica intergeneracional. En nuestro caso, Vaca Muerta podría funcionar como un puente: utilizar esos recursos para impulsar la transición hacia energías renovables (solar, eólica, incluso desarrollos nucleares), pero con una mirada de desarrollo propio, apoyándose en capacidades locales como las del sistema científico-tecnológico y empresas como INVAP. Al mismo tiempo, sería clave generar condiciones para el emprendedurismo, por ejemplo a través de incubadoras que articulen lo público y lo privado. En paralelo, la explotación de recursos debería ir acompañada de criterios claros de valor agregado, desarrollo de capacidades locales y sostenibilidad. El desafío no es solo extraer, sino transformar esa riqueza en un proyecto de desarrollo consistente en el tiempo.
>¿Cómo se articula todo esto con la idea de justicia social en un contexto de cambio tecnológico acelerado?
Para pensar la justicia social en un contexto de cambio tecnológico acelerado, es útil mirar algunos consensos que aparecen en el debate global. Por ejemplo, la idea de que hacen falta tres pilares: mercados con competencia real y salarios dignos, tecnologías orientadas a potenciar, y no reemplazar, a las personas, y sistemas de reeducación continua que permitan acompañar a quienes ven transformado su trabajo. A partir de ahí, creo que en Argentina necesitamos salir de miradas extremas y avanzar hacia un nuevo contrato social: uno que garantice redes de contención para quienes quedan rezagados, sin desalentar a quienes producen, que amplíe la base de contribuyentes y simplifique el sistema para hacerlo más accesible. En definitiva, una forma de equilibrio que combine desarrollo, inclusión y sostenibilidad en el tiempo.
>Para alguien que ve el país con frustración o incertidumbre, ¿qué le dirías después de leer El Método Ututo?
Entiendo la frustración, pero también creo que hay algo que depende de nosotros: dejar de esperar que las soluciones vengan de arriba y empezar a involucrarnos. Porque los países no cambian solos, cambian cuando hay personas dispuestas a hacerse cargo.
>Por último:
-¿tus tres películas favoritas de todos los tiempos?
Stand by Me, de Rob Reiner
Kamchatka, de Marcelo Piñeyro
La grande séduction, de Jean-François Pouliot
-¿dos discos que siempre volvés a escuchar?
El lado oscuro de la luna, Pink Floyd
La era de la boludez, Divididos
-¿un libro que te haya cambiado la vida?
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
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