El valor del gesto improductivo

¿Qué tienen en común el prestigio, el desperdicio, los videojuegos, los algoritmos y nuestra obsesión por ser vistos? Una deriva por algunas ideas aparentemente desconectadas para entender cómo cambió la forma en que producimos, intercambiamos y convertimos la atención en valor 
CulturaEsteban CastrománEsteban Castromán

Portadas notas ARG360 (18)

1.
Hay un fenómeno circulando en TikTok y otras plataformas que, visto rápidamente, parece una de esas pequeñas modas de internet destinadas a desaparecer en cuanto aparezca la próxima. Se llama aura farming y consiste, básicamente, en realizar acciones destinadas a acumular “aura”: una combinación bastante difícil de definir entre carisma, presencia, estilo, seguridad, misterio y esa capacidad de parecer naturalmente cool que, cuando se nota demasiado que está siendo buscada, empieza a perderse.

El lenguaje alrededor del fenómeno parece salido directamente de un videojuego. Se puede ganar aura, perder aura, farmear aura, tener muchísimo aura o quedarse completamente sin ella. Incluso existen los “aura points”, una suerte de unidad imaginaria con la que los usuarios califican determinadas conductas. Alguien hace algo extraordinario y obtiene +1000 aura. Otro intenta hacer lo mismo, fracasa de manera espectacular y pierde 5000.

Un caso es el de Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio que participa en una tradicional competencia de embarcaciones en Riau. De pie en la proa de una lancha que avanza a toda velocidad, Dikha permanece completamente concentrado mientras realiza una serie de movimientos que, fuera del contexto original, fueron reinterpretados por internet como una demostración extraordinaria de aura.

La aparición de ese código merece cierta atención porque introduce una manera peculiar de pensar el prestigio. El aura no es exactamente belleza, talento, riqueza, fama o popularidad. Es una percepción social que se construye alrededor de una persona y que depende, fundamentalmente, de cómo los demás interpretan sus gestos. Su existencia es completamente intangible, pero el comportamiento que genera es perfectamente real.

Y ahí aparece una conexión inesperada con una idea bastante antigua.


2.
A comienzos del siglo XX, el antropólogo Marcel Mauss estudió diferentes formas de intercambio de dones en sociedades tradicionales. Entre ellas aparece el potlatch, una ceremonia en la que determinadas comunidades podían llegar a intercambiar, regalar o incluso destruir enormes cantidades de bienes.

A primera vista, la lógica parece completamente irracional. Si una persona posee una gran cantidad de riqueza, ¿por qué debería regalarla o destruirla?

El pensador francés Georges Bataille retomó esa cuestión en La parte maldita, publicada en 1949, para desarrollar una idea que resulta especialmente provocadora frente a la lógica económica moderna: existen formas de gasto que no tienen como objetivo producir una utilidad inmediata ni aumentar una reserva de capital. La riqueza puede gastarse para obtener otra clase de riqueza, una que no se almacena en una cuenta bancaria: prestigio, honor, reconocimiento, poder.

En el potlatch, la capacidad de regalar o destruir demuestra que existe una cantidad de recursos suficientemente grande como para poder desprenderse de ellos. La pérdida funciona como demostración de poder.

El fenómeno del aura farming parece una versión extrañamente contemporánea de esa operación. También existe una competencia por prestigio y también se necesita una comunidad capaz de reconocerlo. La diferencia está en aquello que se pone en juego. En lugar de grandes cantidades de bienes materiales, se ponen en circulación gestos, comportamientos, imágenes, tiempo, exposición y atención.

El adolescente que realiza una determinada pose frente a una cámara no está destruyendo una fortuna para demostrar su poder. Está haciendo algo aparentemente inútil para producir una forma de reconocimiento. Su recompensa no es un objeto: es aura.

Y la palabra "farming" agrega una capa particularmente significativa. En los videojuegos, farmear significa repetir determinadas acciones para acumular recursos. La operación consiste en convertir el tiempo y la repetición en puntos, experiencia o bienes virtuales.

El aura funciona de una manera parecida. Se puede cultivar una determinada manera de caminar, vestirse, mirar, hablar o permanecer en silencio. Se puede repetir una conducta hasta convertirla en una señal reconocible. La identidad empieza a adquirir una lógica de videojuego: hay características que pueden desarrollarse, atributos que pueden mejorarse y una comunidad que funciona como sistema informal de puntuación.

Quizás ahí aparezca una de las claves culturales del fenómeno. Las redes sociales han convertido la mirada de los demás en una forma de moneda.


3.
La comparación con Bataille se vuelve todavía más interesante cuando aparece el capitalismo de plataformas.

El potlatch planteaba una tensión con la lógica de acumulación porque introducía una zona de gasto que parecía escapar de la productividad. El capitalismo digital, en cambio, posee una capacidad extraordinaria para transformar casi cualquier forma de gasto en rendimiento.

Una caída puede convertirse en contenido. Una pelea puede convertirse en contenido. Una humillación puede convertirse en contenido. Una ruptura amorosa, una tragedia, una extravagancia, una conducta absurda o una situación de peligro pueden transformarse en imágenes capaces de generar atención.

La secuencia es conocida: atención, visualizaciones, seguidores, influencia y, eventualmente, dinero.

Esto produce una inversión bastante curiosa de la lógica del potlatch. La exposición que inicialmente podría parecer improductiva puede terminar produciendo capital simbólico y económico. El desperdicio de tiempo, intimidad, dignidad o energía puede transformarse en rendimiento dentro de la economía de la atención.

El algoritmo tiene una característica particularmente eficiente para este proceso: no necesita distinguir demasiado entre aquello que consideramos valioso y aquello que consideramos absurdo. Una reflexión filosófica, una caída espectacular, una pelea callejera, un baile, una noticia sobre una guerra o un chico haciendo equilibrio sobre una lancha pueden competir dentro de una misma corriente de imágenes.

Lo decisivo es que alguien esté mirando.

Y esa transformación modifica profundamente la relación que tenemos con aquello que antes podía considerarse improductivo. La cultura digital encontró una manera de incorporar al circuito económico una enorme cantidad de actividades que, hasta hace algunas décadas, podían quedar simplemente del lado del ocio, la intimidad, el espectáculo o la pérdida.


4.
La expresión “aura points” introduce además algo que probablemente resulte más importante de lo que parece. Para poder hablar de aura de esa manera, hubo que convertir una cualidad social difusa en una unidad imaginaria de medición.

No existe un Banco Central del Aura. No hay una cotización oficial. Nadie puede demostrar objetivamente que alguien tiene 5000 puntos de aura. Sin embargo, el código funciona.

Eso permite pensar que las generaciones que crecieron dentro de los videojuegos y las plataformas digitales están desarrollando formas particulares de traducir la identidad al lenguaje de los sistemas.

Un individuo puede ser leído como si tuviera determinadas skills que pueden aumentar o disminuir. La personalidad adquiere atributos. La reputación tiene puntuación. La popularidad tiene métricas. La atención tiene estadísticas. La presencia puede transformarse en un score.

El lenguaje del videojuego ofrece una interfaz para describir algo que antes necesitaba categorías mucho más imprecisas: prestigio, carisma, estatus, atractivo, reconocimiento.

La diferencia es que ahora esos fenómenos parecen susceptibles de ser administrados. Se pueden farmear.


5.
Existe además una contradicción particularmente contemporánea en todo esto: el aura funciona mejor cuando parece espontánea. La persona que intenta desesperadamente parecer cool suele perder aquello que está intentando producir. La operación exige que el esfuerzo desaparezca de la superficie.

Las redes sociales han llevado esa paradoja a casi todos los territorios de la representación personal. La vida cotidiana puede convertirse en contenido, pero el contenido tiene que parecer vida cotidiana. La fotografía debe parecer casual. El éxito debe parecer natural. El lujo debe parecer effortless. La personalidad debe aparecer como una consecuencia espontánea de la persona y no como una construcción destinada a ser observada.

La performance más sofisticada consiste en ocultar que existe una performance.

El aura farming simplemente lleva esa lógica hasta un punto en el que la operación empieza a resultar visible y, por eso mismo, puede convertirse en un meme.

Es una especie de metacomentario sobre la cultura de las redes: todos sabemos que estamos actuando, pero también sabemos que necesitamos actuar como si no estuviéramos actuando.


6.
Y ahora, la inteligencia artificial agrega una capa todavía más extraña.

Durante mucho tiempo, para producir una imagen de prestigio hacía falta una persona. Un cuerpo, una cara, una voz, una actitud, una determinada manera de ocupar el espacio.

Hoy podemos generar artificialmente casi todos esos elementos. Esto plantea una pregunta que parece absurda, pero que puede terminar siendo bastante importante:

¿Puede una máquina producir aura?

La respuesta depende de dónde creamos que está localizada el aura. Si el aura es una propiedad objetiva de una persona, probablemente no. Si el aura es una construcción social producida por la percepción de los demás, la cuestión cambia completamente. Una imagen artificial podría producir exactamente la misma reacción que una imagen real si la audiencia la reconoce como portadora de determinadas señales de prestigio.

En ese caso, el aura tampoco necesita un cuerpo. Necesita espectadores.


7.
Siguiendo por la ruta de las referencias, nos topamos con el filósofo alemán Walter Benjamin, quien utilizó el concepto de aura para pensar aquello que hacía singular e irrepetible a una obra de arte, precisamente en un momento en que la reproducción técnica comenzaba a modificar radicalmente nuestra relación con las imágenes.

Las plataformas digitales llevaron esa tensión a un territorio inesperado.

Un gesto puede ser reproducido millones de veces y, aun así, tal vez alguna de sus reproducciones pueda convertirse en la versión que concentra toda la atención. Una pose puede copiarse hasta el infinito y, en algún momento, alguien puede conseguir que esa misma pose parezca especialmente auténtica.

La repetición masiva es capaz de amplificar la singularidad, en vez de eliminarla.

El algoritmo puede tomar millones de comportamientos similares, hacerlos circular y convertir uno de ellos en excepcional. La singularidad deja de estar garantizada por la rareza del objeto y empieza a depender de la intensidad de su circulación.

Quizás por eso el aura contemporánea tenga tan poco que ver con permanecer fuera de la reproducción. Puede aparecer precisamente en el centro de ella.


8.
¿Acaso todo esto puede parecer excesivo para explicar un meme adolescente? Quizá lo sea. O no. Pero esa es justamente una de las funciones de la cultura: encontrar conexiones entre fenómenos que, observados desde una única perspectiva, parecen no tener absolutamente nada que ver.

Una batalla de aura puede ser vista como una simple tendencia de TikTok. También puede ser leída como una nueva forma de hablar del prestigio. Como una adaptación del lenguaje de los videojuegos para describir la identidad. Como una expresión de la economía de la atención. Como una pequeña ceremonia de reconocimiento colectivo. Como una forma contemporánea de potlatch. O incluso como un anticipo de un mundo en el que la inteligencia artificial podrá producir personas, escenas y comportamientos destinados a generar exactamente las mismas respuestas que antes asociábamos con una presencia humana.

Ninguna de esas lecturas cancela a las demás.

El problema aparece cuando intentamos escuchar la cultura contemporánea utilizando una sola frecuencia.

Entonces todo termina sonando igual: entretenimiento, consumo, redes, publicidad, tecnología, juventud, algoritmos.

Tal vez haga falta cambiar el sistema de escucha. Pasar del audio mono a una experiencia inmersiva. Escuchar en estéreo. En 8K. Con un sistema de sonido holofónico capaz de registrar capas que permanecen invisibles cuando observamos cada fenómeno desde una única disciplina.

Debajo de un meme puede agazaparse una teoría del prestigio. Debajo de una tendencia puede germinar una transformación económica. Debajo de una palabra inventada por adolescentes pueden resonar discusiones antropológicas que tienen más de un siglo.

El potlatch gastaba riqueza para producir prestigio.

El aura farming produce performance para acumular reconocimiento.

El algoritmo hace el resto.

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