
¡Gracias, Selección!
Redacción ARG360
España fue un justo campeón. Encontró el gol en el tiempo suplementario, aprovechó la superioridad numérica tras la expulsión de Enzo Fernández y terminó imponiendo una idea de juego que durante todo el torneo la convirtió en una de las mejores selecciones del planeta. Argentina resistió hasta donde pudo, sostuvo el partido con actuaciones enormes de Emiliano Martínez y llegó con vida hasta los minutos finales, pero esta vez no alcanzó.
El pitazo final dejó imágenes inevitables: Lionel Messi sentado sobre el césped, Scaloni con lágrimas en los ojos y un grupo de futbolistas que necesitó algunos minutos para procesar una derrota que cortó el sueño del bicampeonato. También hubo escenas de tensión entre jugadores argentinos y españoles durante los festejos, amplificadas inmediatamente por las redes sociales y por una parte de la prensa internacional, siempre predispuesta a convertir cualquier reacción en un juicio moral.

Pero quizás la fotografía más importante del día no estuvo en el MetLife Stadium.
Estuvo a más de ocho mil kilómetros.
Mientras la Selección abandonaba Nueva Jersey con el dolor lógico de una final perdida, miles de argentinos comenzaron a reunirse espontáneamente en el Obelisco. No había copa para celebrar. No había una caravana anunciada. No había una épica del triunfo.
Había gratitud.
Ese gesto dice mucho sobre la transformación que vivió la Selección durante la última década. Hubo un tiempo en que perder una final significaba volver al país bajo un clima de reproches. En 2014, en 2015 y en 2016 el fracaso parecía borrar todo lo construido. Hoy ocurrió exactamente lo contrario. La derrota no modificó el vínculo entre el equipo y su gente. Al contrario: terminó de consolidarlo.
Este grupo construyó algo que trasciende los títulos. Ganó la Copa América, la Finalissima, el Mundial de Qatar y volvió a disputar una final del mundo cuatro años después. Más importante aún, recuperó una forma de representar al fútbol argentino basada en la competitividad, la humildad y una identidad reconocible.
Por eso la imagen que probablemente sobreviva al paso del tiempo no sea la del gol de Ferran Torres ni la de la copa levantada por España.

Será la de un país que decidió agradecer.
Agradecer a Lionel Messi por extender un sueño que parecía terminado hace muchos años. A Lionel Scaloni por haber construido uno de los ciclos más extraordinarios en la historia del deporte argentino. A un grupo de futbolistas que durante casi una década convirtió a la Selección en una costumbre de excelencia.
Después del partido, Scaloni eligió una frase sencilla: "Hay que reconocer al campeón y levantarse". Lo dijo con la emoción todavía atravesándole la voz. No buscó excusas ni responsables. Reconoció la superioridad del rival y recordó que el fútbol siempre ofrece una nueva oportunidad.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que deja este Mundial.
Las derrotas también construyen identidad.
Y si hace algunos años el fútbol argentino aprendió a ganar, esta final dejó otra certeza igual de valiosa: también aprendió a agradecer.



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